Síntomas del enamoramiento

Torpeza de movimiento.
Corazón que palpita con fuerza.
Temblor que recorre el cuerpo.
Temperatura corporal que se eleva.

Sonidos que asemejan palabras.
Pupilas dilatadas sin perder detalle.
Manos que sudan cuando están sueltas.
Labios resecos sin nada que los rocen.

Sonrisa larga,
preocupación infinita.
Fuerza inhumana.
Deseo que no acaba.

Hormigueo en el cuerpo.
Respiración cortada.
Anhelo por tu encuentro
o incompleta el alma.


Otros síntomas.

Anuncios

Naturaleza Muerta

 

Cuando las olas se rebelaron y decidieron salir de los límites de la arena. No le dijeron a nadie.

Primero salió la más intrépida. De jalón se llevó al primer edificio que encontró; luego, ruinas. Le siguió la más salvaje, pero ella fue hasta la costera llena de turistas. Gente, autos, mesas… todos cayeron ante la presencia súbita. Quedó un reguero de barcos rotos, niños llorando y padres tosiendo.

Ahí en el relajo estaban la comida preparada, las palapas vueltas astillas, las sandalias rotas, en fin, mucho dolor. Sin embargo, ¡no era suficiente! Llegó una ola más burlona para dar el segundo golpe sin dejar siquiera que los pobres recuperaran el aliento.

Fue devastador. Se inundaron  hasta las calles principales.

Los autos pequeños llegaron al mar y los escombros de los restaurantes aplastaban a quienes no se había tragado el mar.

Las olas se divertían como nunca, reían mientras derribaban estructuras:

adiós puente, adiós hotel, adiós casas…

Pero…

Ellas ni cosquillas sentían al tocar el cemento. Así continuaron hasta que las olas mayores las mandaron de regreso al fondo del  océano.

Ya la luna marcaba la hora de dormir.

Pensamiento 2

Después de mucho, pensé que había llegado.
Comencé a quererte, me dediqué a pensarte.
Por corto que haya sido, fue suficiente.
Y hoy ¿qué me queda?

Sólo mi compañía,
Nadie entiende cómo sucedió,
ni si quiera yo que tanto me esforcé
por no mirarte, por olvidarte.

No pude entonces, pero ya acabó,
el desamor, por primera vez
lo probé y puedo decir
que un corazón oprimido,
si se deja puede matarte,

es como un golpe en la oscuridad
que te deja casi inconsciente.
Se corta la respiración,
los latidos nunca tan fuertes

como en ese instante que escuchas bien;
cuando se rompe la ilusión,
cuando no queda más que realidad.
¿Cómo hacerle para no acabar
la promesa de volver a amar?

Y mientras queda el “si tal vez”.
Una esperanza de volverlo a ver,
¿cómo guardarla para otra ocasión
y no perderla en un cajón?

Aunque ahora me queda un
corazón roto, sé que sanará;
tal vez mañana haya otra emoción.
Que me dé todo
Que yo dé todo.

Día de la Independencia

Los cuidadores de baños en Garibaldi (en el Centro Histórico de la Ciudad de México) quejándose de que hay poca gente:

-¿Cuánto llevas?
-Pos no te digo.
-Ah ya, no seas.
-Nel.
-Seguro yo estoy igual o peor de jodido.
-No le hace.
-Maricón.
-Síguele.
-No, ya, en serio. ¿Cuánto?
-Pos… ni la mitad de lo del año pasado.
-¡No mames! ¿Tanto así?
-Sí, wey, ya ni la muelan.
-Pos qué poca
-¿Qué poca quién?
-Pos ellos.
-Y ellos qué culpa tienen, si nomás hacen lo que se les dice.
-Ahí vas otra vez con tu discurso.
            -Pos sí, wey, míralos, son como borregos. Ya ni porque es día de la independencia hacen lo que quieren.
-¡Y cómo le van a hacer si todo mundo les dice que no vengan!
-Y todo mundo, en verdad- – Son tres pesitos, güerita. Gracias.
-Al menos vinieron esa güerita y su amiga.
-Pos mínimo, ¿no?… Esto de los baños, nomás no es lo mío.
-Ay sí, tú el muy fino, ¿no?
-Ay, ay, ay. Adiós güerita.

 

La güerita le responde:
-Oye…
-Sí, dígame.
-¿Te puedo hacer unas pregutnas?
-Con todo gusto se las respondo.
-¿Como cuánto tiempo llevas aquí?
-¿Aquí trabajando?
-Ajá.
-Pos ya unos cinco años.
-¡Oh! ¿y te gusta?
-Sí, no está mal.
-¿Como cuánta gente viene aquí cada año? (a celebrar)
                            -Pos mire, este año vino muy poca, yo creo que no es ni la mitad de la que vino el año pasado.
-¿A poco?
-Sí
-¿O sea que esto solía verse lleno?
                             -¡Uy, sí! Aquí la plaza estaba atascada de personas. De verdad, nada que ver con ahora, como que ya nadie quiere venir.
-Ay, no me diga.
-Pos sí le digo.
-Bueno, pero al menos a ti te gusta estar aquí, ¿no?
                 -Mmjú, sí, aunque cada año se aparezca menos gente, yo aquí sigo, y pos seguiré hasta quién sabe cuándo. No me quejo, tampoco me aburro, se está a gusto aquí, ¿o no mi buen?

 

Mirada al buen. El buen contesta:
-Ajá, sí. Aquí andamos, todos los años.

 

(De vuelta a la güerita)
-Y usted, ¿es la primera vez que viene pa’ca?
-Sí, y me está gustando mucho, aunque ustedes digan que está feo.
            -No decimos que está feo, sólo que no está tan bueno como otros años. Igual y el que viene está mejor, quien sabe.
-Eso sí, quién sabe… Bueno, gracias por responder, que sigan teniendo una excelente noche.
-O madrugada- dice uno.
-O mañana- dice el otro.
-Bueno, sí, un excelente día- digo yo.

 

Septiembre, 2015.

De fuego y perdón

Es como si una garra me hubiera atravesado el pecho
y con su acero caliente, al rojo vivo, me hubiera sacado el corazón
atrapado entre costillas, como si de pétalos de rosa entre espinas se tratara.

Como si un golpe me hubiera apagado los sentidos,
me hubiera dejado sin tiempo ni espacio
y viviera sola en un cuarto oscuro.

Como si el cielo estuviera siempre nublado y la vida debajo dejara de existir
poco a poco, tan lento que es inevitable sufrir cada instante.
Infinito porque no tengo tiempo,
tan grande porque no hay con qué medirlo.

Si alguien me hubiera dicho que leer mil versos de amor y ternura
más otros dos mil de soledad y abandono,
no se equiparan a vivir un sólo día de cariño real,
ni a la agonía de la ruptura que suele venir tras él,
les aseguro que nunca lo hubiera buscado.

Porque es horrible, es estúpido y cómo duele
extrañar a quien te hizo sentir querido, deseado.

Más la cosa se hace grande
cuando queda un rastro de culpa, el maldito “tal vez“.
Todavía peor cuando esa culpa es tuya.

Qué difícil es decir las palabras correctas.
Qué difícil es evitar el enojo.
Pero imposible es deshacer
las letras labradas con el fuego del momento.

Lo dicho no deshecho.
Lo escuchado, inolvidable.

Ahora no hay más que intentar dormir
para que el tiempo quizá me perdone.
Y el sol quizá se apiade.
Y quizá yo tenga un día otra vez.

Podrían regresar los lunes y los viernes
que se alimentan de pasados terribles, de los que acaban bajo la tumba de los años.

A esperar que se enfríe la quemazón de la garra brava sin que se vuelva hielo,
que hielo no es mejor que fuego.
Es más sencillo permanecer insensible,
pero igual sería estar muerto.
Yo no quiero morir.
Yo quiero perdón.

Quiero que el perdón me llegue en otro cuerpo que se adapte al mío,
que se una al mío,
porque aún hay tanto, tanto.

Que un par de manos no puede tomar el mundo.
Un par de piernas no puede recorrer el mundo.
Y un par de ojos no puede mirarlo todo.

Ahora quema.

Es tan fuerte que las lágrimas se evaporan antes de tocar la superficie.
Cuando pueda llorar otra vez,
sabré que al fin me han perdonado.